domingo, 7 de noviembre de 2010

Quería presentar el blog, pero acabé hablando de Internet.

Más o menos es eso. Pero es que tenía ganas de empezar de nuevo. Me encanta crear páginas, blogs y cuentas y divertirme personalizándolas. Es algo satisfactorio ver lo bien que te queda cuando lo ves después de toda la tarde buscando plantillas y peleándote con el html.

 En esta ocasión he pasado de él un poco (del html) y me he pillado una de las plantillas de şablonlar (el link a su blog de plantillas está justo al final de este).

Por que total, todos sabemos a donde va a parar esto. Sí, a sobresaturar la red. Pero teniendo en cuenta la cantidad de hoaxes y mensajes en cadena tontos que hay por ahí, ya sabemos que no ha de ser tan fácil. En serio, el día que Internet explote el mundo se acabará.

Quizá no lo parezca para muchos que solo usan un ordenador para el msn o una red social minoritaria. Pero si yo no hubiera tenido Internet a mano ahora mismo no sabría ni la mitad de las cosas (útiles o inútiles) que sé, ni tampoco habría hecho otras muchas cosas.
Incluso gracias a Internet aprendí cosas sobre la gente que no habría aprendido relacionándome con la gente de mi entorno.

Se ha difundido a veces la idea de que Internet es casi un peligro para los niños, que la gente aprovecha el anonimato de las redes sociales para hacer cosas malas o ilegales, y que las descargas estafan a los profesionales.
Es el dilema de siempre, todo es dañino si lo usas mal. En Internet nadie va a ver tus fotos íntimas si tú no quieres (no cuentan los permisos del tuenti, por que está más que comprobado que no funciona), y los líos te los buscas tú. Para sobrevivir en Internet sólo hace falta tener aquello que resulta imprescindible para sobrevivir también en la vida real: un poco de sentido común y dos dedos de frente.

Y como decía un bloggero "bukowskiano", el anonimato puede ocultar la identidad de las personas, pero también revelarla. Gracias al anonimato muchas personas se abren y expresan su emociones y experiencias al resto, sintiéndose seguros. Cosas que quizá nunca expresarían a las personas de su entorno, bien por que será censurado, avergonzado o sencillamente sería como dar una patada al aire. Y compartir estas experiencias puede resultar útil para muchas otras personas, para darte cuenta de que hay más gente que las comparte contigo. A veces es casi terapéutico.

Sobre las descargas sólo diré que la cultura sea del tipo que sea es para compartirla, y que todos deberíamos poder acceder a ella. Y si no, que reinventen su negocio.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Mi cielo.

En un rincón oscuro habitaba la más antigüa de las emociones. Los hombres evolucionaron, la emoción no. Los hombres adquirieron iteligencia, perdieron fortaleza. La emoción permaneció allí.

Los hombres inventaron las palabras, las ciencias y las artes. Escribieron libros, compusieron obras y fundaron cultos, y complicaron todas las cosas.

Tomaron a la emoción, le pusieron nombre y apellido, la vistieron y maquillaron, le dieron múltiples papeles en múltiples obras. Trístemente célebre fue su carrera, cubierta de metales preciosos y despreciada, protagonista y antagonista. Todos la desnudaron en público, mostraron aquello en lo que la habían convertido y la señalaron despectivamente. "Es cruel, infame. Mira la desdicha de sus víctimas, que agonizan en silencio. No es digna, humilla y encadena a los hombres. Ya no la necesitamos más, somos superiores".

La emoción lloró, sintiose sola. Sin comprender por qué se le achacaba tal maldad, volvió a refugiarse en el rincón oscuro. Se avergonzó de sí misma y de sus defectos, pidió perdón por su inutilidad. A veces alguien la obligaba a salir. " Te necesitamos esta vez", decían. Desnuda y enmascarada, regresaba aliviada a su rincón y esperaba no tener que salir más.

Hasta que un niño llegó hasta ella, un niño que no la había visto nunca y que quedó mirándola sin mostrar rechazo.

"No saldré nunca más", dijo la emoción. El niño preguntó el por qué, y la emoción respondió que era indigna, sucia para los hombres, que no la necesitaban. A lo que el niño contestó " ¿ Y por qué habría de ser malo un instinto? No es indigno temer la pérdida de aquello que te permite sobrevivir."

La emoción sintió entonces una revelación. Cambió su nombre y su apellido, abandonó sus metales preciosos y recuperó su orgullo. Ya no le avergonzaba salir ¿quién si no les enseñaría a los hombres a necesitar y ser necesitados, a seguir persistiendo en el mundo?

Y esa noche, la niña se durmió, intentando contar las estrellas.

domingo, 24 de enero de 2010

Nocilla Dream, o como aprendí a ser crítica.

¿Conocen ese libro de Agustín Fernandez Mallo, "Nocilla Dream"? Seguramente no, por que a pesar de ser el autor español y exponer en su libro una interesante forma de hacer literatura (que sin embargo se reduce a un solo ejemplo, pues seguir su patrón quedaría haría de obras futuras simples copias del original sin valor imaginativo ninguno)no lo conoce ni su padre. Quizá en su comunidad natal sí sea más conocido.

El caso es que con "Nocilla Dream" se nos presenta una idea (entre otras muchas, tantas como personajes quizá)desde hace tiempo creo estar empezando a experimentar.

Es ese día que te levantas, lees a quien fué tu maestro entre maestros (en el caso de "Nocilla Dream", Jose Luis Borges)y descubres que, ya no te llena. Las palabras sn vacías, los argumentos repetitivos, aún cuando sabes que la expresion guarda toda clase de brillantes matices y simbolismos, te das cuenta horrorizado de que, no es diferente a cualquier otra obra elegida al azar entre cuanlquier escritor mediocre.

En mi caso no se puede decir que tenga a ningún maestro entre maestros (todos son magníficos, a su manera)ni que me levantara de golpe y descubriera que todo se ha acabado. No es exactamente eso, es muchísimo más liviano, casi inexistente y ambiguo.

Es el recuerdo de que, en algún momento, todo aprendiz necesita desligarse de su maestro y quizás destruirlo.

sábado, 14 de noviembre de 2009

El Bobo Bob. Mientras tanto, un camino de baldosas.

Derecha rojo, izquier

da blanco. Derecha rojo, izquierda blanco. Derecha rojo, izquierda…


-¿Qué estás haciendo?- con curiosidad y extrañeza, hizo que Harley perdiera el ritmo durante un par de milésimas de segundo.


Unas milésimas no eran mucho, pero bastaban para romper el equilibrio. Aún así, solo Harley lo notó, e ignorando esta pequeña catástrofe en el orden universal reanudó su tarea y respondió sin levantar la cabeza, divertida.


-Ando según los colores de las baldosas.


-¿Las baldosas? ¡Qué graciosa eres! – y se rió.


Harley siguió ignorándole, con una media sonrisa en los labios. Una sonrisa intocable, pero nerviosa.


-Oye, y ¿te diviertes?


-Eso no importa.


-¿Cómo? ¿Por qué?


-Por que no importa.


Si se hubiera tratado de otra persona, alguien como Ren, no hubiera tenido ningún reparo en prolongar la conversación. Con Ren todo era un poco más fácil, por que aunque no siempre lograba comprenderla a la primera, conservaba parte de esa esencia mágica, lo suficiente como para entender muchas cosas sin necesidad de preguntar. La respuesta a por qué Harley andaba siguiendo una serie basada en los colores de las baldosas era obvia. No existía tal razón. Ya que para Harley, no todo atendía a razones y más cuando se trataba del comportamiento humano.


Pero Bob no era Ren. Para Harley, Bob estaba clasificado entre una de esas personas que hablaban con ella como si un perro le hablara a un caballo tratándolo como a una mascota. Compartiendo ambos el mismo dueño, claro. Tenía pretensiones de hombre maduro, creativo y soñador, pero en realidad solo era uno de tantos hombres que se creían capaces de comprender muchas cosas, aunque en el fondo no tenían ni idea de nada. Un intento de algo, como la mayoría. Solo que éste intento en concreto, era inusitadamente pesado, y se tomaba unas confianzas que Harley encontraba ofensivas. Aunque seguramente éstas confianzas le habían valido en muchos casos el título de persona maravillosa, amable y comprensiva, para Harley siempre sería el Bobo Bob.


No importa lo mucho que intentara explicarle cosas para ella básicas, nunca lo entendería. Se limitaría a soltar un convencido “Ah, vale” o “Ah, ya veo” y se olvidaría del tema al poco tiempo, por que al contrario de lo que quería pensar, su mente ya habría tachado la información como inútil y la habría desechado al Vertedero de los Pensamientos Olvidados. Y eso era palpable en sus expresiones y su forma de hablar, estúpidas y pueriles como sacadas de un guión forzado de La Casa de la Pradera. En conclusión, a Harley le daba grima Bob Chansey, el Bobo Bob. Y por eso, intentaba ignorarlo lo más posible o evitar sus charlas inútiles, faltas de carácter.


-Ah, vale.


Y aquí, Harley se cansó de contar baldosas.


-Bueno, tengo que irme.


-¿Ah, si? ¿A dónde?


-A visitar a mi abuela, que está un poco pachucha –Mentira.


-Ah, pues muy bien, adiós. Y dile a tu abuela que se mejore de mi parte. Y tu, cuídate.


-Lo haré, gracias-Mentira doble.


Harley giró casi bruscamente al llegar a la esquina, pensando en alejarse lo más pronto posible del aura negativa del Bobo Bob.

domingo, 18 de octubre de 2009

As de Tréboles

Hace mucho tiempo tuve un nombre. No era especialmente bonito, no significaba nada en particular. Pero era mío, y eso era suficiente.

Pero ese nombre sólo lo usaba yo, por que solo yo lo conocía. Nadie me llamaba, así que no era necesario que lo supieran. Por eso lo guardaba con recelo para que nadie me lo arrebatara y esperaba pacientemente a que alguien lo hiciese.

Un día salí a jugar. Rodaba y jugaba entre los tréboles hasta que una torpe caída me hizo reír hasta el cansancio.

Fue entonces cuando apareció. Un señor muy alto, con el rostro semi-oculto bajo la sombra de un gran sombrero chimenea (que realmente echaba humo en su cúspide). En alguna ocasión pude observar que sus ojos eran negros y brillantes, fugaces pero astutos, y sin embargo, melancólicos como los de un perro viejo.

Dijo que se llamaba Murphy, y que quería hacerme un regalo. Sus palabras exactas, más bien, fueron estas:

-Escuché su risa y vine a robársela. Sin embargo, habiendola encontrado a usted tan feliz entre esos tréboles, decidí reconsiderar mis intenciones. Tiene usted un aura inquietante, y la curiosidad me puede más que las metas prácticas. Sin duda me beneficiaré aún más de este encuentro a la larga. Así pues, si usted me lo permite –y con una casi imperceptible voz añadió “y si no es así también”- me dispondré a extenderle un contrato con el que saldremos ambos beneficiados.

-¿Qué es un contrato?

-Es un papel donde prometes cumplir ciertas cosas a cambio de otras.

-¿Y qué cosas son entonces?

Antes de responderme, un pergamino salió volando, entre el humo y las chispas de la copa de su chistera que se abrió para ese fin. El pergamino voló hacia abajo y fue atrapado por las ávidas manos enguantadas de Murphy. Me lo extendió y comenzó a citar algunas cláusulas del contrato. Yo lo cogí, sin prestarle atención, pues él la acaparaba toda.

- A causa de la naturaleza de este contrato, el negocio aquí firmado se realizará sin límites de espacio-tiempo establecidos. Sin embargo, el contrato podrá ser anulado en caso de que uno o ambos firmantes se desinteresaran por el mismo, y siempre que en dicho momento ambos hayan obtenido un beneficio equivalente.-dejó de pasear de un lado para otro mientras recitaba, y se volvió hacia mí- Sin duda espero, lo encontrarás sumamente justo, querida.

Si en ese momento me hubiera mentido sobre el contenido del texto, lo hubiera ignorado por completo, y tampoco me hubiera importado. Aunque seguía creciendo la curiosidad en mí.

-Pero ¿Qué podría yo darte? No poseo nada de interés.

-Oh, no os preocupéis por eso, querida. Os aseguro que tenéis mucho que ofrecerme, más que yo a vos. Firme, por favor.

En ese momento, no logré adivinar qué oscuros o cuan profundos significados guardaban esas palabras.

-Puesto que nos veremos muy a menudo, he aquí mi primer obsequio, con el cual inauguramos nuestra incipiente relación.

Se llevó una mano al interior de la solapa izquierda del esmoquin, y rebuscó en lo que al parecer era un bolsillo. Se detuvo un instante en el que recordó que yo seguía teniendo el contrato en mis manos. Me lo arrebató brusca pero educadamente con un “Ah si, muchas gracias” y se lo guardó en la solapa derecha. Después siguió buscando. Debía ser un bolsillo bastante grande, o demasiado lleno para que se demorara tanto.

-Aún no he firmado…

Se detuvo de nuevo y me miró con una pícara sonrisa.

-Claro que sí, firmaste en el mismo momento en el que te decidiste a hacerlo.

-¿De veras llevaba mi firma?

-Por supuesto, una firma muy interesante. Pero preciosa, debo decir. Ah sí, aquí está.

Y me tendió un naipe. El as de tréboles.

-Este es mi primer regalo. La Fortuna. A cambio, necesito que me cedas algo, una cosa que posees que necesito para llevar mi propósito a buen puerto y con ello cumplir mi parte del trato.

-¿Qué es?

-Tu nombre –y esbozó una sonrisa aún más pícara que las anteriores.

martes, 18 de agosto de 2009

Run

Se despidió por última vez, se giró y echó a andar calle arriba por la cuesta. Sin mirar atrás, absorta en su enclaustramiento. Ella nunca miraba atrás. No hasta la mitad de la calle, donde estaba segura de que él no se daría cuenta de nada. Cuando llegó a la mitad se giró, como siempre. Y lo vió correr. Él siempre corría. Claro, que él no corría inmediatamente después de despedirse. R no lo sabía puesto que no miraba atrás para verlo cruzar la calle, pero suponía que lo hacía un ritmo más o menos normal, y que empezaba a correr suavemente después de haberla cruzado. Pero para cuando R volvía la vista atrás, ya estaba científicamente corriendo. ¿Por qué, tenía prisa por llegar a su casa? ¿Por el calor? ¿Por el frío? ¿Por no cenar caliente? ¿O simplemente ajustar su tiempo? Fuera lo que fuera, a R le parecían excusas insuficientes, superfluas para echarse a correr. Pero seguramente el motivo por el cuál él corría, era uno de éstos. Algo más complejo no tendría sentido en él. Pero en R sí.
Por eso aquélla vez, R salió corriendo en cuanto comprobó que él hacía lo mismo. La calle no era muy larga, pero sí empinada. El corazón se le aceleró con la anormal brusquedad a la que sin embargo R estaba acostumbrada, y sintió la respiración que se alteraba en busca de más aire, traducido en forma de jadeos. Iba tan rápido como su alma se lo pedía. Durante ese momento sintió que era uno de esos en los que necesitabas un insignificante exceso. Llegó al final de la calle, cesó de correr suavemente y se giró hacia atrás en el acto de nuevo. Justo cuando lo hizo atisbó una casi imperceptible silueta diminuta que desapareció de su vista a las pocas milésimas de segundo. Él ya se había ido.
Contempló la calle por la que la figura había desaparecido, jadeando, con el pulso en sus oídos. Sintió desde dentro que sus ojos le iluminaban y enternecían arropados por las luces de las farolas que parecían cómicas caras, al tiempo que una sonrisa de felicidad, de esas que te hacen creer en la magia se expresaba en su rostro triunfante.
Se quedó mirando a la calle una última vez durante unos segundos, expectante, antes de volverle la espalda de nuevo y seguir con su camino. Supo mientras lo hacía que había ganado. Sí, por una vez, R había ganado algo ante dios. “Creíste que solo corriendo serías lo suficientemente fuerte como para separarte de mi. Por eso, por que no lo quiero así, corrí igual que tu. Para que dios viese que incluso al separarnos seguiríamos enlazados ante el destino.” Fue lo último que pensó antes de entrar en su casa. Dentro de unos años R apenas lo recordaría, o lo haría sin pensar demasiado en ello. Pero en aquella calle, las huellas de una desafiante corredora quedarían grabadas para siempre en una asfalto de ilusiones.

Los devoradores de almas.

De un local indefinido surgía una canción lenta, protagonizada por la voz de una mujer joven que sonaba cansada. Según quien la escuchara, la melodía podía transmitir tristeza, calma o incluso sensualidad.

Para H, quien se vió a sí mismo en una situción similiar, la canción evocaba las deprimentes circunstancias de alguien que sobrevive a la noche, la miseria y la frialdad de una ciudad que ni duerme ni conoce los límites. En solitario, sorteando seres abandonados por un dios desconocido que buscan la suerte en el fondo de una botella, en un dragón de colores o en fantasías de un placer que nunca les será placentero. H vió a través de esa melodía estar caminando entre un campo de pasto humano, que imploraba por un devorador de almas que los arrancara de raíz.

En ese momento, H deseó con cada célula de su ser encontrarse en las antípodas de aquel lugar y ver por la televisión como ardía hasta los cimientos. Deseó otro lugar que no le diera la espalda a los sentimientos, donde pudiera cerrar los ojos y verse a sí mismo. Sabía que ese lugar solo estaba entre sus brazos. A miles de km de allí, donde sólo pudiera escuchar su respiración. En el paraíso.