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lunes, 8 de julio de 2013

La diligencia

La conversación dejó un regusto amargo que culminó con un silencio incómodo. El traqueteo de la diligencia no hacía más que evidenciar su apatía, moviendo casi imperceptiblemente su cuerpo como al junco que se dobla y resiste el temporal. Quería y podía resistirlo.
Su acompañante por el contrario, parecía un roble. Inmóvil, impenetrable y austera,  recostada pesadamente en su asiento. Henry la miró de reojo y supo que acabaría tronchándose ante el envite del viento. Aunque todo indicara que era el joven el que se rompía.
Cada uno miró a ventanas opuestas, con expresión ausente, ignorando que tenían a una persona frente a ellos. El muchacho contemplaba, o lo fingía, el paisaje que tan lentamente se iba abriendo paso. Pensaba en muchas cosas, distintas, iguales, similares. Hilvanaba argumentos, se evadía. Pensó en todas las cosas que quería decir en esos momentos, y que nunca diría.

La mujer resopló.

La estrella que cayó: historia de Luna.

Existió un vez, en unas tierras tan lejanas como el tiempo pasado, un rey loco prendado de la claridad. Bajo su mandato, las tropas celestiales arrasaron con todo atisbo de oscuridad, de fealdad o pobreza. Lejos de ser esto una metáfora, es la más triste consecuencia de las despóticas órdenes de un hombre, que cegado por la luz del amor insalubre y obcecado canalizó su obsesión hacia el exterminio de los males y las desgracias humanas de la forma más inhumana posible. Es este pues, el relato de un hombre derrotado, y también el de una estrella caída.
Las malas lenguas dicen, que en la región portuaria de Dalashktán creció el malhadado monarca. No entre palacios ni oros, ni entre piedras de atalayas o mármoles perlados. El niño Sham creció entre el hedor del mercado y las calles llenas de orín y podredumbre, saboreando el hambre hasta la última gota y recibiendo apenas aliento de su madre que debía dosificarlo entre sus otros seis hermanos. Tuvo sin embargo, una buena estrella que no sonrió a ninguno de sus otros hermanos ni a los otros cinco que su madre parió muertos.
A penas con seis años, un mercader pagó a sus progenitores 5 monedas por él y le ofreció la oportunidad de vivir entre sedas, algodón y lino. Quizá el mercader sólo necesitaba mano de obra barata urgentemente, pero no suficiente dinero como para comprar a alguno de sus hermanos mayores.
Desde la ventana de la nueva alcoba en donde ligeramente dormía, se filtraba la luz de los astros y los lamentos de las cigarras. A temprana edad, el monarca aprendió con sólo observarla el ciclo de la Luna, y también el de la vida, la muerte y la resurrección de la belleza y la luz. Escrutaba las arrugas grises del cuerpo celeste cuando era Luna llena, y cada día jugaba a encontrar las diferencias hasta que moría. Años después conocería a través de un ajado libro la historia de la Luna y su terrible condena.

Los textos, apenas leíbles y de forma escueta narraban la leyenda de una joven hermosa, de casa noble y  difícil carácter cuya osadía le costó la eternidad. De la estirpe de las sierras nevadas, su piel porcelánica era más hermosa que el más hermoso de los marfiles tallados. La gracia de su figura sólo era comparable a la amabilidad de su rostro, orondo y suave, coronado por dos grandes ojos que vestían la piel de los lobos de las montañas.  Sólo su cabello parecía salvaje, una melena de carbón rizado que flotaba en el aire.

Sin embargo, la naturaleza había compensado su belleza con el gran defecto del orgullo egoísta, y una solitaria infancia la convirtió en una tímida joven que ocultaba sus carencias bajo el desdén y la arrogancia. En su afán por ser la más hermosa, la más alabada y famosa del reino profanó vidas,  cometió delitos y se aprovechó del trabajo de otras personas para su imagen propia. Pero fue cuando blasfemó directamente contra la diosa Taeryth, que esta,  molesta por la conducta de la joven decidió finalmente castigarla.

Y el crimen fue terrible. Luna, cuyo mayor afán era destacar entre los demás viviría por siempre en el firmamento, en una posición privilegiada desde la que todos los hombres de la Tierra podrían admirarla por siempre. Sin embargo, su rostro estaría desfigurado, y como castigo por negar y ocultar a las personas realmente responsables de los méritos que había acumulado, sólo podrían verla durante la noche y su luz sería tan solo el reflejo de un astro mayor, cuya presencia borraría por completo la suya y hasta la eclipsaría.


Desde entonces, desolada y privada de consciencia, Luna cumple su tortura en el firmamento. Su obsesión por la belleza de su rostro y el miedo a ser vista sin ella la lleva a acercarse al océano una y otra vez para mirarse en su reflejo. Cada vez que lo hace choca contra la superficie y se hiere, volviendo asustada al cielo mientras se rompe en pedazos y finalmente se oculta. Pero la voluntad de Taeryth es firme, y se ve obligada a volver a su lugar mientras la magia de la diosa la regenera. 

Sancta santorum

Su cuerpo era un templo egipcio,  un templo pagano donde habitan muchos dioses se venera a otros muchos.
Para entrar hay que sortear laberintos de hiedra y espuma, de tierras y océanos, de realidades muertas y vivos sueños. Quimeras y esfinges lo recorren desde el inicio hasta el fin de los tiempos, custodiando los espíritus errantes del limbo y la vigilia, de quienes perecieron en el intento.
Desde cualquier punto del laberinto puede verse el final del mismo, dos grandes pilonos esculpidos en amatista, cuarzo rosa, malaquita y ojo de tigre completamente grabadas con símbolos y oraciones de una lengua extraña hace mucho olvidada. Su visión constante brinda esperanza y es la desesperación absoluta de quienes nunca encuentran el camino pero ven el final.
Tras ellos se extiende una interminable galería donde se exponen las más preciadas maravillas nunca conocidas, tesoros que al cambiar de apariencia según quien los mire son capaces de tentar al más honorable de los hombres. Quienes se atreven a posar los ojos sobre ellos caen presa de la locura y del miedo, y un instinto irrefrenable los lleva a tocar y a sentir las maravillas expuestas en sus carnes.  La galería concede los deseos de quienes caen en la tentación, convirtiendo en polvo  lo que sea que los hombres tocaran.  Si esto sucediera, la galería cuenta con  hileras de infinitos soldados caballeros a ambos lados del camino, que cabizbajos y huecos no dudarán en alzar velozmente sus alabardas y atravesar al desgraciado en mil estocadas. Pero los pecadores no sufrirán, pues antes de comprender la destrucción de su tesoro habrán muerto presa de su codicia irrefrenable.
Quienes resistan las perversas trampas de la galería serán caminantes del más espeso y oscuro bosque que jamás hayan conocido.  Los árboles están dispuestos a la misma distancia unos de otros, y son tan altos que sólo las más agudas vistas lograrían intuir sus copas. El bosque está vivo, escruta el alma de los caminantes, los observa, los despedaza con el silencio y a veces con los susurros que los árboles intercambian entre ellos. No se sale del bosque a menos que el bosque lo desee, ni caminar, correr o pedir ayuda sirve, pues el veredicto del bosque es la ley.  Los árboles son sádicos, jugaran con los sentimientos de los viandantes y no se darán por satisfechos hasta que giman de desesperación, de frustración o miedo, hasta que lloren de impotencia o se vuelvan locos. Les mostraran sus mayores miedos, los harán enfurecer y los enviarán a los más profundos pozos de su consciencia, al abismo de la nada, de la inexpresión de la vida o de las hondonadas de la pesadilla. Sólo cuando los caminantes encuentren la desesperación absoluta y se liberen de ella los dejarán ir.
La recompensa es una diminuta habitación tras una puerta de madera vieja, donde apenas cabrían cinco hombres. La buena iluminación de origen desconocido permite ver las paredes de zócalos, yesería y cerámica de alguna era pasada ya entonces en decadencia. En la habitación sólo hay una vela blanca sobre un candelabro consumida por largo tiempo y nunca apagada, pero cuya llama desprende insuficiente luz para iluminar la habitación por sí sola. A sus pies un manto de cera se extiende como una nevada agria, y todo huele extrañamente a jazmín y almendras.
Con la primera exhalación del único hombre capaz de adentrarse en la habitación, la vela se apaga en una sensual danza, y la habitación queda a oscuras. En la oscuridad, el hombre siente el tacto su de cuerpo, y ella le otorga lo que más ansía el hombre, le vuelve inmortal. La felicidad le inunda, sonríe, y desaparece. Su esencia deja de sentirse en el aire del mundo, su consciencia se ahoga en el sueño y nunca más volverá a existir, porque ahora existe en todos los mundos, en todas las dimensiones y en los ríos de la conciencia colectiva de todos los seres que alguna vez existieron. Ahora son eternos, ahora son indivisibles.

jueves, 31 de enero de 2013

Entrañas de pasión

Nota: Este relato erótico se hizo con la intención de que fuera jocoso, ridículo y exageradamente cursi horrendo. Si en algún momento experimentan vergüenza ajena, es más un halago que una ofensa (yo también la siento a veces cuando lo releo, tranqui). Además puede herir sensibilidades, así que si alguien se ofende tras leer el final puede mandar sus quejas sobre la violación de su moralidad y ética de lo políticamente correcto a meimportaunpito@correocaliente.com.


Su piel se estremeció bajo el sonido de un beso. Quiso hablar, pero sólo pudo esbozar un gemido ahogado. Sintió la caricia de sus ojos que recorrieron lascivos sus curvas malhadadas contra la voluntad de su legítimo dueño y como por fuerza de gravedad.

Ella encontró su mirada, sabía que la tenía en la palma de la mano. Pero fue indulgente y se la devolvió.
Aún débilmente, los cuerpos reaccionaban. Para entonces ninguno de los dos recordaba su hogar, su pasado o su nombre siquiera. A pesar de sus heridas y entrañas rotas, aunque vivieran una época caótica de aullidos, hambruna y destrucción. Nada de eso importaba ahora, ni la sed, ni el hambre, ni el calor o los huesos entumecidos y desgastados.
Pues lo que muchos llamarían un virus insaciable había tomado posesión de sus mentes, recorrían sus venas y erizaba sus vellos. Ya nada más tenía cabida en sus mundos, ni las circunstancias, ni la existencia misma.
Sólo existía la ternura de sus pieles rozando, la gentil mano del joven que con frío tacto se deslizaba por las caderas de la muchacha.

Lentamente él exploró la cavidad de su deseo, estudió su forma, sintió sus fluidos, y los gemidos se hicieron más fuertes. Por un impulso de la gula que ardía en su interior deslizó su rostro entre las piernas de ella y probó el néctar que amablemente regalaba al mundo. Su feminidad se abrió como una flor ante el roce de sus labios primero, sus dientes y lengua y todo a la vez y se deshizo en ellos.

Él era insaciable, ella solícita y perceptiva no había tenido reparos en mostrar lo más profundo de su ser.
Aquella enfermedad del corazón que ellos mismos sufrían había destruido cientos de vidas y  llevado a la locura y a la desgracia a tantos otros, pero la humanidad se había rendido a su poder, incapaz de combatirla, de comprenderla. Quienes caían en su embrujo nunca aceptaban sus consecuencias. Lo daban todo, lo arriesgaban todo sin ser conscientes de su ensoñación, de sus padecimientos. Olvidaban la razón, los recuerdos y sólo les importaba una cosa.

Pero ellos eran diferentes. Ellos se amaban de verdad, y habían decidido pasar el resto de sus días procurándose esa felicidad. Jamás una desdicha los había unido tanto a nadie. Cuando todo estaba perdido, ellos se encontraron ¿tan egoísta era hallar la felicidad entre los escombros y las penas?

Ella era la única que conseguía levantarle algo más que el ánimo, desde hacía mucho tiempo. Era un milagro la forma en que sus cuerpos se comunicaban mutuamente. No necesitaban palabras, ellos se ocupaban de eso. Un  ligero temblor recorrió los nervios de la joven, los mechones de su vello púbico se erizaban y sus mejillas ardían. El reducto más antiguo de su mente respondió a la estimulación también y suavemente la joven adoptó la postura de lordosis indicándole a su amante que estaba más que preparada. De espaldas a él, apoyada sobre las rodillas elevó su sexo y curvó la espalda, lo miró implorante y suplicó por más. Estaban muy mojados, de amor, de sangre, fuego y besos.

Él intentaba frenarse, pero en ese instante lo abandonaron las fuerzas, liberó su virilidad reprimida y penetró en la oscura seducción de su amada que se arqueó como un ciervo ante la embestida, para recibir todo su amor.
Guiados por los más primitivos instintos, ambos saborearon una parte del otro mientras los azotes continuaban. Él había perdido parte de una pierna en un tiroteo, cuando lo único que  deseaba era algo que llevarse a la boca.
Esa y otras tantas pérdidas hacían que mermasen sus capacidades físicas, pero no su ímpetu ni sus ansias. Ella le comprendía. También tiempo atrás había perdido muchas cosas, cosas importantes que ya no formaban parte de sí misma.

Pero un día olvidaron sus desdichas y se entregaron el uno al otro, ya no estaban incompletos, pues sus huesos y tejidos encajaban el uno con el otro como piezas de un puzzle. Él sintió en su miembro la calidez de sus entrañas y con cada embestida se adentraba más en los abismos de la lujuria, a dónde ella le guiaba mientras se deleitaba con las sensaciones que inundaban todo su vientre.
Cada bocanada de aire y mirada nublada alejaba de ellos la sensación de que aquella catástrofe, fuera cual fuera, les estaba pudriendo por dentro, y el dolor, la necesidad y el hambre  desaparecían poco a poco.
Sus sexos casi se consumían de lascivia bajo la fricción, el corazón de ella, aparentemente roto por las tragedias, estaba desbocado.

La intensidad del placer aumentaba sin retorno, y la muchacha se sentía a punto de explotar. Las sensaciones eran tan insoportables que su cuerpo no aguantó por más tiempo y se dejó ir entre unos fuertes temblores que esparcieron sus fluidos y la hicieron sentir que se partía en mil pedazos.
No mucho después, él replicaría a su amante, experimentaría un clímax y y se volcaría en ella, colmándola de deseo, alcanzando lugares de su cuerpo que nadie antes había tocado, recorriendo las cavidades de su interior, llenándola de amor.

Sabían que no volverían a pasar hambre, se alimentarían mutuamente y para siempre. Ya no necesitaban cerebros, ni pulmones, ni estómagos mientras sus corazones siguieran latiendo al mismo ritmo. Podían amarse eternamente, hasta que se convirtieran en polvo, mientras el mundo caía a su alrededor, consumido por la hambruna y la podredumbre.
Sólo a veces, un instinto aún más primitivo se abría paso en sus maltrechos nervios,  normalmente cuando llegaban al clímax. Cómo pretendiendo recordarles el sentido común otras necesidades placenteras, a alguno de los dos se le escapaba, entre gruñidos y dificultades:

-          ¡Ce...cereee…brooogh!- >sigh<.


domingo, 26 de septiembre de 2010

Mi cielo.

En un rincón oscuro habitaba la más antigüa de las emociones. Los hombres evolucionaron, la emoción no. Los hombres adquirieron iteligencia, perdieron fortaleza. La emoción permaneció allí.

Los hombres inventaron las palabras, las ciencias y las artes. Escribieron libros, compusieron obras y fundaron cultos, y complicaron todas las cosas.

Tomaron a la emoción, le pusieron nombre y apellido, la vistieron y maquillaron, le dieron múltiples papeles en múltiples obras. Trístemente célebre fue su carrera, cubierta de metales preciosos y despreciada, protagonista y antagonista. Todos la desnudaron en público, mostraron aquello en lo que la habían convertido y la señalaron despectivamente. "Es cruel, infame. Mira la desdicha de sus víctimas, que agonizan en silencio. No es digna, humilla y encadena a los hombres. Ya no la necesitamos más, somos superiores".

La emoción lloró, sintiose sola. Sin comprender por qué se le achacaba tal maldad, volvió a refugiarse en el rincón oscuro. Se avergonzó de sí misma y de sus defectos, pidió perdón por su inutilidad. A veces alguien la obligaba a salir. " Te necesitamos esta vez", decían. Desnuda y enmascarada, regresaba aliviada a su rincón y esperaba no tener que salir más.

Hasta que un niño llegó hasta ella, un niño que no la había visto nunca y que quedó mirándola sin mostrar rechazo.

"No saldré nunca más", dijo la emoción. El niño preguntó el por qué, y la emoción respondió que era indigna, sucia para los hombres, que no la necesitaban. A lo que el niño contestó " ¿ Y por qué habría de ser malo un instinto? No es indigno temer la pérdida de aquello que te permite sobrevivir."

La emoción sintió entonces una revelación. Cambió su nombre y su apellido, abandonó sus metales preciosos y recuperó su orgullo. Ya no le avergonzaba salir ¿quién si no les enseñaría a los hombres a necesitar y ser necesitados, a seguir persistiendo en el mundo?

Y esa noche, la niña se durmió, intentando contar las estrellas.

sábado, 14 de noviembre de 2009

El Bobo Bob. Mientras tanto, un camino de baldosas.

Derecha rojo, izquier

da blanco. Derecha rojo, izquierda blanco. Derecha rojo, izquierda…


-¿Qué estás haciendo?- con curiosidad y extrañeza, hizo que Harley perdiera el ritmo durante un par de milésimas de segundo.


Unas milésimas no eran mucho, pero bastaban para romper el equilibrio. Aún así, solo Harley lo notó, e ignorando esta pequeña catástrofe en el orden universal reanudó su tarea y respondió sin levantar la cabeza, divertida.


-Ando según los colores de las baldosas.


-¿Las baldosas? ¡Qué graciosa eres! – y se rió.


Harley siguió ignorándole, con una media sonrisa en los labios. Una sonrisa intocable, pero nerviosa.


-Oye, y ¿te diviertes?


-Eso no importa.


-¿Cómo? ¿Por qué?


-Por que no importa.


Si se hubiera tratado de otra persona, alguien como Ren, no hubiera tenido ningún reparo en prolongar la conversación. Con Ren todo era un poco más fácil, por que aunque no siempre lograba comprenderla a la primera, conservaba parte de esa esencia mágica, lo suficiente como para entender muchas cosas sin necesidad de preguntar. La respuesta a por qué Harley andaba siguiendo una serie basada en los colores de las baldosas era obvia. No existía tal razón. Ya que para Harley, no todo atendía a razones y más cuando se trataba del comportamiento humano.


Pero Bob no era Ren. Para Harley, Bob estaba clasificado entre una de esas personas que hablaban con ella como si un perro le hablara a un caballo tratándolo como a una mascota. Compartiendo ambos el mismo dueño, claro. Tenía pretensiones de hombre maduro, creativo y soñador, pero en realidad solo era uno de tantos hombres que se creían capaces de comprender muchas cosas, aunque en el fondo no tenían ni idea de nada. Un intento de algo, como la mayoría. Solo que éste intento en concreto, era inusitadamente pesado, y se tomaba unas confianzas que Harley encontraba ofensivas. Aunque seguramente éstas confianzas le habían valido en muchos casos el título de persona maravillosa, amable y comprensiva, para Harley siempre sería el Bobo Bob.


No importa lo mucho que intentara explicarle cosas para ella básicas, nunca lo entendería. Se limitaría a soltar un convencido “Ah, vale” o “Ah, ya veo” y se olvidaría del tema al poco tiempo, por que al contrario de lo que quería pensar, su mente ya habría tachado la información como inútil y la habría desechado al Vertedero de los Pensamientos Olvidados. Y eso era palpable en sus expresiones y su forma de hablar, estúpidas y pueriles como sacadas de un guión forzado de La Casa de la Pradera. En conclusión, a Harley le daba grima Bob Chansey, el Bobo Bob. Y por eso, intentaba ignorarlo lo más posible o evitar sus charlas inútiles, faltas de carácter.


-Ah, vale.


Y aquí, Harley se cansó de contar baldosas.


-Bueno, tengo que irme.


-¿Ah, si? ¿A dónde?


-A visitar a mi abuela, que está un poco pachucha –Mentira.


-Ah, pues muy bien, adiós. Y dile a tu abuela que se mejore de mi parte. Y tu, cuídate.


-Lo haré, gracias-Mentira doble.


Harley giró casi bruscamente al llegar a la esquina, pensando en alejarse lo más pronto posible del aura negativa del Bobo Bob.

martes, 18 de agosto de 2009

Run

Se despidió por última vez, se giró y echó a andar calle arriba por la cuesta. Sin mirar atrás, absorta en su enclaustramiento. Ella nunca miraba atrás. No hasta la mitad de la calle, donde estaba segura de que él no se daría cuenta de nada. Cuando llegó a la mitad se giró, como siempre. Y lo vió correr. Él siempre corría. Claro, que él no corría inmediatamente después de despedirse. R no lo sabía puesto que no miraba atrás para verlo cruzar la calle, pero suponía que lo hacía un ritmo más o menos normal, y que empezaba a correr suavemente después de haberla cruzado. Pero para cuando R volvía la vista atrás, ya estaba científicamente corriendo. ¿Por qué, tenía prisa por llegar a su casa? ¿Por el calor? ¿Por el frío? ¿Por no cenar caliente? ¿O simplemente ajustar su tiempo? Fuera lo que fuera, a R le parecían excusas insuficientes, superfluas para echarse a correr. Pero seguramente el motivo por el cuál él corría, era uno de éstos. Algo más complejo no tendría sentido en él. Pero en R sí.
Por eso aquélla vez, R salió corriendo en cuanto comprobó que él hacía lo mismo. La calle no era muy larga, pero sí empinada. El corazón se le aceleró con la anormal brusquedad a la que sin embargo R estaba acostumbrada, y sintió la respiración que se alteraba en busca de más aire, traducido en forma de jadeos. Iba tan rápido como su alma se lo pedía. Durante ese momento sintió que era uno de esos en los que necesitabas un insignificante exceso. Llegó al final de la calle, cesó de correr suavemente y se giró hacia atrás en el acto de nuevo. Justo cuando lo hizo atisbó una casi imperceptible silueta diminuta que desapareció de su vista a las pocas milésimas de segundo. Él ya se había ido.
Contempló la calle por la que la figura había desaparecido, jadeando, con el pulso en sus oídos. Sintió desde dentro que sus ojos le iluminaban y enternecían arropados por las luces de las farolas que parecían cómicas caras, al tiempo que una sonrisa de felicidad, de esas que te hacen creer en la magia se expresaba en su rostro triunfante.
Se quedó mirando a la calle una última vez durante unos segundos, expectante, antes de volverle la espalda de nuevo y seguir con su camino. Supo mientras lo hacía que había ganado. Sí, por una vez, R había ganado algo ante dios. “Creíste que solo corriendo serías lo suficientemente fuerte como para separarte de mi. Por eso, por que no lo quiero así, corrí igual que tu. Para que dios viese que incluso al separarnos seguiríamos enlazados ante el destino.” Fue lo último que pensó antes de entrar en su casa. Dentro de unos años R apenas lo recordaría, o lo haría sin pensar demasiado en ello. Pero en aquella calle, las huellas de una desafiante corredora quedarían grabadas para siempre en una asfalto de ilusiones.

Los devoradores de almas.

De un local indefinido surgía una canción lenta, protagonizada por la voz de una mujer joven que sonaba cansada. Según quien la escuchara, la melodía podía transmitir tristeza, calma o incluso sensualidad.

Para H, quien se vió a sí mismo en una situción similiar, la canción evocaba las deprimentes circunstancias de alguien que sobrevive a la noche, la miseria y la frialdad de una ciudad que ni duerme ni conoce los límites. En solitario, sorteando seres abandonados por un dios desconocido que buscan la suerte en el fondo de una botella, en un dragón de colores o en fantasías de un placer que nunca les será placentero. H vió a través de esa melodía estar caminando entre un campo de pasto humano, que imploraba por un devorador de almas que los arrancara de raíz.

En ese momento, H deseó con cada célula de su ser encontrarse en las antípodas de aquel lugar y ver por la televisión como ardía hasta los cimientos. Deseó otro lugar que no le diera la espalda a los sentimientos, donde pudiera cerrar los ojos y verse a sí mismo. Sabía que ese lugar solo estaba entre sus brazos. A miles de km de allí, donde sólo pudiera escuchar su respiración. En el paraíso.

jueves, 2 de abril de 2009

Las lágrimas de Shiva

El 5 de Diciembre llovió sobre el barrio de Hammond. Una lluvia fina, suave y cálida, demasiado para el mes de Diciembre. Llovió dulce pero constantemente, sin detenerse, sin prisas. Alguien desde su cama desnuda escuchó el canto de lluvia. Atraída por las sabias voces de las ninfas de las nubes se refregó los ojos con las manos, y se levantó con cuidado de la cama sintiendo un leve mareo que la hizo detenerse contrariada. Pero las ninfas la incitaron a seguir. Abrió la puerta y no escuchó el crujir de las bisagras, abandonó la habitación y no escuchó los ronquidos de su ciego amante ahogados bajo la almohada. Cruzó el pasillo no sintió el frío del suelo en sus pies desnudos, por que también su alma se desprendía de su ropa en silencio, en el silencio de los dioses. Abrió otra puerta y continuó sin sentir el tacto del metálico pomo en la puerta, por que no fue ella quien giró el pomo. Fue una semidiosa, exiliada del cielo, creciente en sí misma, la hija ilegítima. La empujó hacia el jardín y la abandonó bajo la cúpula del cielo. Lágrimas. Lágrimas. Lágrimas. Lágrimas en sus ojos, lágrimas que no eran del todo suyas. Amor. Amor. Amor que nadie le había dado hasta ahora. Abrió los brazos y al fin sintió algo, lo más puro que jamás la había tocado, la claridad de la noche, el murmullo del silencio, que le hablaba, que la llamaba, que repetía su nombre. Pero ese nombre no era es suyo. Las ninfas la acariciaron, la limpiaron y la hicieron virgen. Y entonces, en un suspiro. Se fundió con la lluvia, su piel se resquebrajó y se fragmentó en gotas de rocío, su alma se disolvió en la paz. Su corazón se derritió bajo una lluvia de amor ácido. Sintió una ansiada calidez, una ardiente benevolencia. Después mucho frío. Y después, la nada, total y absoluta.
Al alba, Shiva cesó de llorar. El 5 de Diciembre, sobre el barrio de Hammond, alguien se levantó de su cama y se refregó los ojos con las manos. El 5 de Diciembre, sobre el barrio de Hammond, una diosa regresó al Olimpo.

domingo, 4 de enero de 2009

Rosketville 15:30

Cuando Rita Hawkened finalmente subió al autobús concluyó una vez más en que la vida no es más que lo que cada uno, a sabiendas de su coraje elige vivir.
La razón por la cual había cogido el autobús de las 15:30 a Roosketville, era claramente por que ella decidió hacerlo. Así mismo, la razón por la cual había abandonado su casa, era simplemente, por que ella lo decidió así. Y de igual modo, el hecho de que hubiera abandonado su piso llevándose únicamente una tostadora como equipaje era sin lugar a dudas, algo que Rita eligió hacer.
El autobús llegó con tres minutos y cinco segundos de retraso. Al llegar se detuvo lentamente, y las puertas se abrieron a la par en sentidos contrarios con el sordo ruido característico de una nave espacial. Rita se quedó tres segundos contemplando las puertas del autobús, mientras otros cuatro pasajeros pagan el importa del viaje. Desde allí las puertas abiertas del autobús parecían una arriesgada y siniestra invitación a un destino ya trazado, o a todo lo contrario. Mientras contempló la puerta pensó cual de ellos sería su camino, si el inevitable primero o el confuso segundo. Pensó si el autobús sería en realidad una nave espacial capaz de llevarla a otro planeta. Pero Rita no vaciló. Entró, pago su billete y se sentó en uno de los últimos asientos, al lado de la ventanilla. Y se olvidó del destino y de las puertas que sonaban como naves espaciales. Al menos en parte.